Sandra nos habla con mucha honestidad de una infancia rota por el trastorno mental: a los 7 años pierde a su madre “tal como era” y empieza a convivir con la psicosis maniacodepresiva: euforia desbordada, hundimientos profundos, hospitales, miedo y confusión, una niña que aprende a vivir pendiente del estado emocional de su madre.
Ahí nace la trampa: se llama codependencia. Si mamá está bien, ella existe; si no, es muy peligroso. Crece anulándose, adaptándose y en alerta constante.
De adulta repite el patrón en sus relaciones: se pierde y se abandona en una especie de adicción al bienestar del otro.
Hasta que se rompe, busca ayuda y encuentra el programa de los doce pasos.
El cambio es radical: su madre no mejora, pero Sandra sí: sale del sufrimiento crónico, ama sin desaparecer y está sin romperse. Fue decisivo entender que su estabilidad no depende de nadie más.
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