Olaia fue psiquiatra durante más de diez años, pero acabó dejando su profesión, porque sintió que el sistema reducía el sufrimiento a diagnósticos, fármacos y control.
Creció en un entorno donde se separaba a las personas entre “cuerdas” y “locas”, y eso la llevó a estudiar psiquiatría buscando entender el dolor humano.
Pero pronto cuestionó la idea de que el sufrimiento mental sea un fallo biológico, y critica que esa visión domine, porque beneficia a la industria farmacéutica y evita mirar el contexto social.
Para ella, las crisis psíquicas son como el “canario en la mina”: señales de una sociedad tóxica marcada por el aislamiento, la presión, la competitividad y la falta de apoyo.
Defiende repartir más los cuidados y la responsabilidad, en lugar de dejar la salud mental solo en manos de los expertos o de las familias.
Propone “desprogramarse” del modelo psiquiátrico tradicional y construir apoyos más comunitarios, menos coercitivos y más humanos.
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