Luna López es psicóloga y familiar: su hermano fue diagnosticado de trastorno bipolar cuando ella tenía 16 años, y desde entonces su vida gira entre el amor, el caos familiar y la necesidad de entender.
Mientras sus padres se separaban, ella veía cómo su familia se desmoronaba entre reproches, miedo y silencio.
Pero Luna no se quedó callada. Salió del armario y habló, escribió, fue a terapia, y se formó para poder entender.
Cuenta que la terapia familiar fue un salvavidas: necesitaba sentirse validada, porque lo que más le dolía era percibir que sus emociones no importaban, que todo giraba alrededor de su hermano. “No hay que olvidar a los otros hijos”, enfatiza Luna.
Reivindica el papel de los hermanos, una relación más horizontal, más serena y teñida de menos angustia que la de los padres. “Mi hermano tiene suerte de tenerme, porque siempre estaré ahí”.




