Con la muerte de su hijo, Mónica vivió un dolor tan profundo que fue como morir con él.
En una sociedad que no sabe cómo manejar ese dolor tan potente, se sintió sola y muy juzgada, pero no se rindió.
Decidió que su hijo no sería su verdugo, sino la fuerza que la guiara a acompañar a otros en el mismo trance. Lo que parecía una condena, un vacío sin fin, se transformó, gracias a su trabajo personal, en una oportunidad para renacer.
En el caso de los trastornos mentales ella habla de “duelos no autorizados”, has perdido a la persona tal y como era, pero es duro hacer un duelo por ella porque, al mismo tiempo, sigue viva.
Mónica nos enseña que la muerte y la enfermedad son parte de la vida. El primer paso para sanar es validar el dolor, sin esconderlo.




